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viernes, mayo 28, 2004

El Rey pidió discrección

RTVE explica que el acuerdo sobre producción y emisión de la señal institucional abarcaba desde la llegada de los primeros invitados a la Catedral de La Almudena, hasta la salida al balcón del Palacio Real de los Príncipes, y la captación de imágenes en la sesión de fotos de familia.

'Posteriomente se decidió ampliar por los responsables de la Casa de SM el Rey a algunas tomas de los primeros momentos de la comida ofrecida a los invitados', señala RTVE. La captación de esta imagen dentro del Palacio Real debía ser realizada mediante una cámara ligera no conectada a unidad móvil que no podía captar el sonido directamente ni de forma cercaña, ni estaba concetada al sistema de megafonía.

En la tarde del sábado --prosigue la nota-- responsables de la Casa del Rey solicitaron al equipo de reporteros gráficos de TVE si podía realizare una grabación del brindis, para servir de recuerdo de dicho momento a la Familia Real 'A posteriori, responsables de la Casa de SM el Rey, y de RTVE decidieron facilitar a los medios dicha grabación, pese a las conocidas deficiencias técnicas de la misma, principalmente de sonido, derivadas, evidentemente, de que la misma no estaba prevista ni había sido encargada a RTVE' y por tanto no contaba con los mínimos medios técnicos para obtenerla de forma adecuada.

Diario de una invitada a la boda de Letizia I

Era un día lluvioso de finales de marzo cuando nos llegó la invitación. "De orden de Sus Majestades los Reyes tengo el honor de invitarle a la ceremonia religiosa del enlace matrimonial de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias con Doña Letizia Ortiz Rocasolano". Dios mío, ¿y qué me pongo?

Tenía en mis manos -bueno, en las de mi marido- uno de los más codiciados objetos de los últimos meses: una invitación a la Boda, así con mayúsculas. Es verdad que los dos conocemos a Letizia desde hace tiempo, que la consideramos amiga de esas de las de verdad, pero... no esperábamos tanto, sólo contábamos con asistir a alguna fiesta de despedida de solteros con amigos o algo. Pero ahora que sabíamos que teníamos un plan para el sábado 22 de mayo, sólo había dos meses para organizarlo todo. Y no ha sido fácil.

Lo primero fue ponerse a buscar modelito para la ocasión. Para evitar disgustos de última hora, o cosas algo estrafalarias, lo mejor era algo clásico. El problema fue que mi modista de toda la vida resultó tener otros cuatro encargos para la misma boda, así que poco menos que tuvimos que pelearnos por las telas. Una vez elegido el corte, el color y la tela, confeccionarlo no ha sido coser y cantar. Hasta el jueves no he tenido el traje -de chaqueta y en tonos fucsia- colgado en el armario. Con los nervios he debido adelgazar un poco, y me han tenido que meter un poco la chaqueta. Bueno, una cosa tachada de la lista... quedan todavía un sinfín.

Con esto de que una no es muy ducha en cuestiones de protocolo, las llamadas entre los amigos (de Letizia) para ponernos de acuerdo sobre diversas cosas han sido constantes. "Oye, que no podemos llevar zapatos abiertos por la puntera, ni mucho menos sandalias", me advirtió una compañera. Buena pista para buscar zapatos, que ha sido dificultoso. Al final he tenido que hacerme a medida un par, abierto por el talón pero con la puntera cerrada, que me han teñido del mismo color que la pamela: beige.

Porque esa ha sido otra: la pamela. La verdad es que me ha hecho mucha ilusión eso de ponerme algo en la cabeza. Tras probarme todo tipo de modelitos tipo 'casquete' y comprobar que me hacían una cara un tanto gruesa, opté, hace ya casi un mes, por una pamela realmente preciosa. Vamos, que me sienta como un guante. Estoy monísima. Lástima que tengamos absolutamente prohibido llevar cámaras de foto a la boda, ¡con la ilusión que a mí me hacía que me retrataran!

Elegir el regalo tampoco ha sido fácil, y eso que mi marido y yo hemos tenido mucho tiempo para pensarlo, casi desde el día en que la Casa Real anunció la boda. En la invitación no constaba que hubiera una lista de boda, y de todas formas esa tampoco era nuestra idea. Esta vez, había que hacer un regalo mucho más personal.

Nuestra primera opción fue un cachorrillo... pero la idea nos duró poco. Ya un grupo de amigos comunes (de Letizia y nuestros) se nos adelantó, y encima ahora me he enterado de que el Ayuntamiento de León les ha regalado unos cachorros de mastín. Así que, ante la previsión de que llenaran su nueva casa de canes, y descartado regalarles otra campana de bronce o algún carísimo jarrón, al final decidimos un pequeño objeto (que no pienso contar aquí, ustedes me perdonen) envuelto en una preciosa caja de piel.

Lo de mi marido ha sido mucho más fácil, supongo que por dos motivos: a) él es muy clásico para estas cosas y b) los hombres tienen mucho menos donde elegir. Así que una vez convenientemente informados de que era 'recomendable' el chaqué, asistimos a uno de los sucesos más divertidos de todo este jaleo: las casas de alquiler de Madrid han agotado sus existencias. Unos amigos nuestros vieron a una destacada autoridad del Estado y un flamante embajador pelearse por el último chaqué en una casa madrileña. Nosotros optamos por hacernos con uno fuera de Madrid, y problema resuelto.

Así que a falta de una semana para el día D, tenemos la indumentaria resuelta. Ahora queda la puesta a punto. Ya podían haber hecho la boda por la tarde, porque como nosotros tenemos que estar en la Almudena casi de madrugada (en torno a las 9.30 horas), he tenido que convencer a mi peluquera para que venga a casa el sábado ¡a las siete de la mañana! Y aun así, voy con el tiempo justito.

Las mechas, eso sí, me las he dado ayer (jueves) y la manicura me la he hecho esta misma tarde (viernes), para que el sábado sólo me peinen y me maquillen. Creo que con dos horas bastará. Y luego a ver qué hacemos dentro de la Iglesia todo el rato que tenemos que esperar. Nos han dicho que habrá un concierto para amenizar la mañana... eso espero, porque entre que no me dejan llevar móvil ni reloj, el tiempo puede correr muy lento.

Diario de una invitada a la boda de Letizia II

Escribo estas líneas con los pies hinchados y doloridos, cansada y a punto de meterme en la cama. Pero esto hay que contarlo. Una no va a la boda del Príncipe Heredero con una buena amiga suya todos los días…

El madrugón ha merecido la pena. Eran las seis y media de la madrugada cuando sonaba el despertador, pero no he sido la única. Esa ha sido la hora de despertarse de casi todos los invitados. Gracias a la maña de mi peluquera para colocarme la pamela, hemos conseguido nuestro objetivo: llegar al Paseo de Camoens a las nueve de la mañana. De ahí, nos han llevado en un coche hasta los horrorosos autobuses Alsa que nos han depositado en la alfombra roja de la Almudena.

El comienzo no pintaba mal. El tiempo aguantaba y, aunque el cielo estaba gris, no llovía. Sólo pongo un pero a la perfecta organización, en lo que a mí me toca: hacer el paseíllo justo delante de la Duquesa de Alba no se lo merece nadie, y yo menos. Ya puestos, me podían haber puesto detrás, para admirar esa especie de babuchas verdes que llevaba y poder comadrear a gusto luego.

Total, que hemos entrado en la Almudena a las 9.45… ¿y qué hacemos hasta las once? Lo primero ha sido buscar nuestro sitio. Menos mal que los tiempos modernos han llegado a la Casa Real y junto a la invitación nos dieron una especie de tarjeta de crédito con la que los de protocolo sabían en todo momento -pasando la Visa esa por una especie de agenda electrónica- no sólo quiénes éramos, y si veníamos de parte del novio o de la novia, sino el sitio que nos correspondía en la Catedral o la mesa en la que nos teníamos que sentar luego.

Después de hacer corrillo un rato y sentarnos en nuestro sitio, me di cuenta de lo bien que olía la Almudena. Luego me han chivado que eran los lirios… me han encantado. Pero lo mejor de todo ha sido el detalle romántico: en cada silla, un Misal para seguir la ceremonia con un señalador… que marcaba la página del 'sí quiero'. Creo que al final no ha quedado ni uno, nos lo hemos traído todos como recuerdo, faltaría más.

La llegada del cortejo, con el Rey a la cabeza, me impresionó. Pero lo que más me impresionó fue, sin duda, el sepulcral silencio que se hizo cuando, con Felipe esperando en el altar, comenzamos a oír los truenos. Pobre Letizia, está diluviando.

A pesar de eso, Letizia consiguió llegar, impresionante, guapísima, y creo que la he visto soltar una lagrimita o dos durante la ceremonia, justo antes de darle el 'sí' a Felipe. Debemos de haberlo visto más personas, porque mientras esperaba al autobús que me llevaría al Palacio Real vi a un ilustre invitado recoger del suelo y guardarse el pañuelo con el que la ya Princesa de Asturias había secado sus lágrimas, o su sudor, o lo que fuera. Vale que todos somos fetichistas, pero quedarse un 'kleenex' de Letizia me parece de mal gusto, qué queréis que os diga.

Mientras los recién casados daban el paseo por Madrid bajo la lluvia, nosotros fuimos, como pudimos, hasta el Palacio Real para la comida. Mi marido y yo, -con un enorme agujero en el estómago, como casi todos- decidimos no esperar al autobús y hacer el caminito bajo un paraguas, pese a acabar con los zapatos empapados y los dedos de los pies desteñidos, como gran parte de las invitadas.

El menú… buenísimo. Mira que a mí no me gusta el capón, pero tengo que reconocer que éste estaba buenísimo, acompañado con manzana. Han repetido muchos, aunque Letizia apenas ha probado bocado. Serán los nervios. Porque ella estaba preciosa, pero muy nerviosa. Pero lo mejor ha sido la tarta: una especie de cornucopia de chocolate que nos ha sabido a gloria.

Luego, ya se sabe, café, copa y puro… para los señores, porque las mujeres hemos tenido que pelearnos por cada cigarro como si fuera el último de nuestra vida. Entre que los bolsos diminutos no tienen mucho sitio, y que allí no había, el recurso era 'sablear' a los conocidos o pedirles a los camareros un cigarro. Ellos, eso sí, se han llevado a casa un puro estupendo con una vitola con el escudo de la Casa Real.

La mayor decepción han sido los regalos, o más bien la ausencia de ellos. Ni botella de aceite de Úbeda, ni bandejita de plata, ni nada de nada. Será por eso, por llevarse algo de recuerdo, por lo que han desaparecido los menús colocados encima de los platos, e incluso las cajas de plata donde se guardaban los pañuelos -en una variedad inenarrable- en el cuarto de baño. Al final, todos somos unos fetichistas. Por eso también han desaparecido de los servicios los botes con las dos variedades de colonia (uno de un perfume fuerte y otro de Álvarez Gómez) que teníamos las señoras a nuestra disposición, como la costurera.

Pero lo mejor de todo ha sido la sorpresa que nos han reservado a unos cuantos los Príncipes: la post-comida. Mientras ellos y los Reyes han bajado a despedir a los invitados 'regios', nosotros (los amigos y la familia más cercaña) nos hemos quedado en el piso de arriba copa en mano. Tras una hora de besamanos, se han unido Felipe y Letizia al jolgorio, y claro, ya sin cámaras, ni prensa, ni miradas indiscretas, se han soltado la melena. Bueno, nos la hemos soltado todos.

Las Infantas, las dos, han sido las primeras en descalzarse -a ratos-, imitadas por un montón de mujeres. Y allí han salido las cámaras de fotos (en teoría prohibidas) con las que todos queríamos inmortalizarnos junto a los dos. Bueno, y también junto a Miguel Bosé, que estaba estupendo. Las bebidas más solicitadas: el whisky y el gin-tonic, que algunos y sobre todo algunas bebían como agua del grifo. Letizia no ha tomado ni una copa, y el Príncipe se las ha visto y se las ha deseado para esconder su cerveza cada vez que alguien se acercaba a hacerse una foto.

Y claro, con las copas, han llegado los corrillos, y todos, sobre todo las mujeres, hemos empezado a despellejar… a las que no estaban allí, por supuesto. Resumiendo y por decirlo en un tono suave y respetuoso, diré que el vestido de Ana Botella no ha gustado nada, y menos aún el de Carmen Romero, y Jaime de Marichalar se ha llevado buena parte de las críticas a los chicos. Pero a la que le han tenido que pitar los oídos más es a esa señora -no hemos conseguido averiguar quién era- que llevaba una enorme pamela hecha como con recortes de periódico. Inenarrable.

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